"La exacerbación de la venezolanidad"; por Tomás Castellano

“La exacerbación de la venezolanidad”; por Tomás Castellano (@ViejoCaste)

La Venezolanidad es una serie de elementos variopintos que es difícil de describir, es una suma de valores compartidos, saberes socializados y elementos culturales que pueden variar con los elementos regionales; hay que buscar la mayor cantidad de coincidencias para poder determinar cuáles expresiones personales son una representación de la venezolanidad, pero podemos orientarnos por los elementos de identidad nacional que más se repiten en los venezolanos. Estos elementos pueden variar entre los venezolanos que están en el territorio nacional y los que se encuentran en el extranjero en calidad de inmigrantes. De allí que asignarles cualidades a todos los venezolanos se convierte en algo exagerado y muchas veces falso.

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Es importante aclarar que los elementos de la venezolanidad pueden impactar la conducta del individuo, llegando inclusive a formar parte de la personalidad que se manifiesta públicamente y en lo relacional con las personas del país receptor de la inmigración; sin embargo no debemos confundir estos elementos con la nacionalidad, porque nada tiene que ver la idiosincrasia de un pueblo con la nacionalidad de las personas; por ejemplo, vemos en Venezuela a inmigrantes sirios, musulmanes, que adoptan elementos culturales venezolanos (¿transculturización?) como la afición por la arepa o la camaradería de reunirse a las puertas de una licorería a compartir bebidas y anécdotas (con el pie recostado ensuciando la pared), siendo que esa conducta no es practicada, ni aceptada entre los sirios musulmanes. Asimismo, vemos a venezolanos en el exterior evaluar conductas de otros venezolanos y nacionales del país receptor resaltando el hecho de la nacionalidad de origen de algún venezolano, bien sea para repudiar una conducta determinada o para alabarla.

Hay hechos ciertos que no podemos dejar de reconocer como elemento común entre los venezolanos en el exterior, por ejemplo: el constante uso de la camisa Vinotinto, sobre todo en reuniones con otros venezolanos o en lugares afines a los venezolanos, el uso exacerbado de los colores de la bandera tricolor, con sus estrellas; sea esto en gorras, camisas, bolso, pulseras o la bandera misma, sobre todo si es un venezolano opositor a la narcodictadura chavista. La fijación por comer arepas en cantidades y frecuencias que nunca comía en Venezuela, la alegría de tener las chucherías venezolanas comerciales que reconoce como autóctonas, tales como Pirulín, Torontos, Samba y muchos otros que, por cierto, no se consiguen en Venezuela comúnmente, sino en Maiquetía y en el exterior. Más exagerado aún, nos vestimos de Liqui liqui en el exterior, cuando en Venezuela no nos atreveríamos nunca a ir una fiesta con ese traje tradicional venezolano, por temor a ser vistos como bichos raros.

La lloradera cuando escuchamos la canción Venezuela; y las manos levantadas cuando escuchamos “Cuando voy a Maracaibo y empezó a pasar el puente…” así seamos de Güiria y jamás hubiéramos pasado de Valencia hacia el occidente; son muestras de la exacerbación del sentimiento nacional, que puede confundirse con la venezolanidad, no siendo tales.

Parte de la venezolanidad, debe decirse, es ser generalmente amiguero, la facilidad para hacer amistades, iniciar o participar en una conversación en la cola de la caja del supermercado, hablando con desconocidos, cosa que en algunas culturas puede traernos problemas, pero la gente al notar la amabilidad y camaradería con que abordamos la conversación casual sonríen y aceptan tal lisura. Otro elemento común en la venezolanidad es la naturalidad con la cual disfrutamos de las cosas buenas, la buena comida, la buena música, la ropa de marca, el uso de perfumes, el hecho de bañarnos todos los días, hasta varias veces al día (salvo algunas excepciones de algún “familia e´ chivo); el empeño en ser los mejores en el trabajo o en los estudios, que a veces puede ser tomado como pedantería o falta de humildad, cuando eso es producto de nuestra cultura competitiva que siempre existió, hasta que llegó el “Podrío eterno intergaláctico” y destruyó la meritocracia y la excelencia que siempre nos caracterizó. Amén de algunas profesiones que siempre nos obligaron a ir más allá de los recursos existentes o carentes, para dar soluciones a las situaciones que se nos presentaban a diario, como los médicos que debían atender a un herido con diecisiete puñaladas, contando solo con agua oxigenada, suturas de medidas diferentes a las requeridas para el caso y con 30 horas sin dormir; o un ingeniero que debía amarrar con alambre una pieza de una fábrica “mientras tanto” y duraba cinco años así.

Llega ahora la necesidad real que la masiva emigración produce, de encontrar elementos que nos ayuden en vivir mejor y relacionarnos de manera positiva con nuestra identidad, porque así es el ser humano, requiere un ancla al SER, una forma de no caer en la anomia, para ello requiere mostrarse con su idiosincrasia, necesita oír su acento, compartir su pasado y reírse de su presente; el venezolano acostumbrado al chalequeo, a la mamadera de gallo, se ve presionado por la cultura anti bulying y se pierde en su interior, mordiéndose la lengua para no soltar una broma pesada que es abiertamente bulying, pero que en Venezuela es aceptada como “chalequeo” y es inocua. Esa forma de relacionarnos que para los extranjeros es extraña por ser “demasiado cariñosa”, nos lleva a crear círculos de amigos venezolanos para poder abrazarnos, decirnos pana (o marisco) hablar gritado o reírnos a carcajadas.

Esto último debemos verlo como una oportunidad de crear espacios sociales para reunirnos a compartir la venezolanidad, algo a lo que no estamos acostumbrados en el exterior. Es la oportunidad para crear clubes sociales, en los cuales se preserven y cultiven los valores de la venezolanidad, se compartan los elementos culturales para que los hijos venezolanos nacidos en el exterior tengan elementos de identidad que les ayuden a comprenderse a sí mismos y a relacionarse con los propios del país adonde sus padres emigraron. Organizar caimaneras de futbolito, beisbol, futbol, basquetbol, hasta de chapita, partidas de truco, es una forma de ayudarnos a sobrellevar la inmigración. La sensación de bienestar que se produce en este tipo de encuentros es muy saludable. Eso sí, sin dejar de aprender las cosas propias del país a donde hemos emigrado y valorarlas.

Cuando caiga la narcodictadura chavista en Venezuela y la economía se libere, podremos proponer crear asociaciones o cámaras de comercio mixtas: Chilena-Venezolana, Española- Venezolana, Portuguesa-Venezolana y aprovechar el capital relacional internacional de los venezolanos emprendedores que hubieran creado empresas en el país que los acoge, porque seguro muy pocos volverán a Venezuela.

Ser Venezolano es una verga arrecha!!

Por: Tomás Antonio Castellano / @ViejoCaste en Twitter e Instagram

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